Voracidad del inconsciente: En el momento de la invención de los pañuelos blancos

Voracidad del inconsciente: En el momento de la invención de los pañuelos blancos de parte de las Madres de Plaza de Mayo, se funda una estética de lucha en la Argentina. Pero, también, se produce un acto asociativo tan invisible como la luz de una vela apagada (Lewis Carroll dixit): en el principio no fueron pañuelos sino pañales blancos, dicho por aquellas primeras madres.
Hace 1 día Claudio Salvador

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E3GKOT6C2SAMDV2AZFAKUKRFXA«Nunca más» a la violencia de la dictadura y «siempre más» a una democracia justa

Ved nomás: pañales en las cabezas de madres que han perdido a sus hijos. Con la mente puesta en los hijos, se diría. Con sus infancias puestas en la cabeza, aúpa, haciéndoles caballito, se diría. Con sus llantos desaparecidos en la cabeza, se diría.

Los peores crímenes de Caín: ¿Hay algo más tremendo que matar a una madre? Esther de Careaga, Azucena Villaflor, María de Bianco, madres secuestradas y arrojadas desde un avión al Río de la Plata. Años después, regresaron a la orilla sus huesos reclamando justicia. El cuerpo sin vida de mi vieja, abandonado en un hotel de Madrid, hinchado por el veneno suministrado por sus secuestradores. Las madres muertas en las torturas en las fétidas oscuridades de los campos clandestinos de detención. Ríos de sangre tierna tiñendo color dolor sus cuerpos vacíos, sus huesos creciendo como bosques en el país.

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Las madres como gritos: en las calles, en las anchas avenidas, en parques y plazas, en las arboledas, en las casas y departamentos, en las costaneras, en las serranías y en las playas, en los desiertos y los campos de trigo, en los ranchos del crepúsculo, en las rutas tensas y desoladas, en los rumores de los arroyos, en los ojos ciegos de las lunas, en los ríos rotos por los brincos de los dorados, en los rezos y en los velorios, en los bares de las afueras, en las hamacas y toboganes de las plazas insomnes, en las vigilias y en los sueños, sus gritos nos miran como mansas llanuras de fiebre.

Hebe cercada por un caballo de la policía. Contra la pared, sin más miedo que el que siente su cuerpo, no sola, no desvalida, no sin hijo, Hebe se enfrenta al caballo de la policía con el latigazo de su resplandor. Estas bestias todavía creen que vos no estás aquí, hijo. Pero, aquí me tenés, hijo, con las rodillas invictas.

Rabias de Goya, pincel negro de sus manos solas que fueron acariciadoras, antes, cuando las voces vivas decían mamá, esto es, mucho antes de la llegada de los célebres perros nocturnos, ¡Heliogábalos!, los devoradores de almas, de pequeños hijos, de tetas repletas de leche, el gruñido metálico de sus colmillos, lobos del hombre, rabias de Goya cuando buscan y rebuscan en los cajones alguna ropa blanca, como un pañal, para salir a buscarlos a la Plaza.

Pañuelos blancos. No hay otro símbolo tan potente y expresivo en toda la historia del país.

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