Treinta y cinco años de resignificar el dolor: la Escuela de Vida para Padres con Hijos Fallecidos conmemora su legado en Mar del Plata
MAR DEL PLATA— En las situaciones límite donde todo parece derrumbarse, ¿es posible aprender a vivir de otra manera? Frente a una sociedad que con frecuencia patologiza el dolor, la Escuela de Vida para Padres con Hijos Fallecidos cumple 35 años de labor ininterrumpida demostrando que el sufrimiento no buscado, lejos de ser una enfermedad, puede transformarse en un maestro existencial y en un puente hacia la plenitud.

El proyecto nació en 1991 impulsado por Ana Vuoso de Bretones y Francisco Bretones tras el fallecimiento de su hija Ana Laura, a tan solo dos días de nacer. Lejos de replegarse en la desesperación, la pareja asumió el compromiso ético de tender una mano a otros padres atravesados por la misma herida, constituyéndose en la primera filial de «Renacer», la red de ayuda mutua para familias en duelo.
A lo largo de estas tres décadas y media, la institución ha consolidado su tarea sobre el marco teórico y existencial de la Logoterapia desarrollada por el psiquiatra austríaco Viktor Frankl. El postulado central que articula cada encuentro sostiene que la fuerza motivante primordial del ser humano no reside en el placer ni en el poder, sino en la lucha por descubrir un sentido auténtico a la propia existencia.

Bajo la máxima frankliana de «a pesar de todo, sí a la vida», el espacio sostiene una premisa clara: la muerte de un hijo no constituye una patología médica ni psiquiátrica, sino la encrucijada existencial más compleja que puede afrontar una persona. En lugar de buscar un retorno idéntico al pasado, las reflexiones compartidas apuntan a redescubrirse como seres únicos e irrepetibles, capaces de asumir la vida como una tarea abierta que aún exige respuestas.

Fiel a su espíritu fundacional, la Escuela de Vida funciona bajo pautas de accesibilidad absoluta: es aconfesional, apolítica, completamente gratuita y no exige afiliaciones formales ni trámites de personería jurídica para sus participantes. Los asistentes —quienes cuentan con plena libertad para ingresar, permanecer o distanciarse cuando lo consideren necesario— no son únicamente padres, sino también abuelos, hermanos, tíos y allegados que comparten la pérdida de un ser querido.

Los encuentros de mutua ayuda se llevan a cabo de manera quincenal en los salones parroquiales de Nuestra Señora de Fátima, en Mar del Plata. Al cumplir 35 años de presencia comunitaria, el testimonio de la Escuela de Vida reafirma que el duelo no clausura el porvenir: aun frente al vacío más hondo, el ser humano conserva la capacidad de responder al llamado de la vida y dotar su historia de un significado renovado.
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