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Todos los optimistas piensan igual, pero cada pesimista es un caso distinto

Un nuevo estudio sugiere que los cerebros optimistas se sincronizan al imaginar el futuro, mientras que los pesimistas siguen patrones únicos y variados.
Varieté10 de septiembre de 2025 QUO
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Cuando hablamos de optimismo y pesimismo, nos referimos a dos tendencias psicológicas que afectan cómo percibimos el futuro. El optimismo implica esperar resultados positivos, mientras que el pesimismo anticipa lo contrario. Estas actitudes no son meramente emocionales: estudios en neurociencia han demostrado que pueden reflejarse en la actividad cerebral, especialmente en regiones como la corteza prefrontal medial, clave en la imaginación de eventos futuros.

Ahora, un equipo de científicos ha demostrado que los cerebros de las personas optimistas tienden a funcionar de manera sorprendentemente similar cuando imaginan el futuro, mientras que los cerebros de los pesimistas son más variados y únicos. El estudio, liderado por el psicólogo Kuniaki Yanagisawa de la Universidad de Kobe en Japón, fue publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences USA y propone que existe un patrón compartido en la forma en que los optimistas visualizan los eventos venideros.

La idea recuerda a la famosa primera línea de Anna Karenina de Tolstói: “Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz es infeliz a su manera”. Esta frase se ha convertido en una especie de principio aplicable a muchos contextos, y ahora parece encajar también en la forma en que nuestro cerebro imagina el futuro. “Tendemos a pensar que imaginar el futuro es un acto profundamente personal y subjetivo”, explica Yanagisawa. “Sin embargo, nuestro estudio muestra que, al menos en los optimistas, el cerebro lo hace de una forma muy parecida.” Esta similitud, sugiere, podría ser la razón por la que conectamos tan fácilmente con personas que comparten una visión positiva del futuro.

El equipo escaneó los cerebros de dos grupos de participantes, uno de 37 personas y otro de 50, usando resonancia magnética funcional. Durante el escaneo, los participantes imaginaron situaciones futuras que podrían afectarles a ellos o a sus parejas. Algunos escenarios eran positivos, otros neutros o negativos. Después de las sesiones, los investigadores evaluaron el grado de optimismo o pesimismo de cada persona mediante un cuestionario.

Al centrarse en la corteza prefrontal medial—una zona del cerebro activa al pensar en el futuro—compararon patrones de activación cerebral entre pares de participantes. El hallazgo fue claro: los optimistas mostraban patrones muy similares entre ellos, mientras que los pesimistas eran una caja de sorpresas. Incluso dentro del mismo grupo, los pesimistas no compartían patrones consistentes.

Además, se observó que los optimistas diferenciaban más claramente entre eventos positivos y negativos a nivel cerebral. Los pesimistas, en cambio, tendían a mostrar una respuesta más homogénea independientemente del tono emocional del evento imaginado.

Este patrón de uniformidad entre los optimistas no es único. Estudios anteriores ya habían mostrado que personas bien conectadas socialmente, o aquellas con bajos niveles de soledad, también comparten patrones cerebrales similares. Elisa Baek, neurocientífica social de la Universidad del Sur de California y autora de esos estudios, señala que estas investigaciones podrían estar tocando un principio más general: que el “estar en la misma onda” neurológica podría ser fundamental para formar conexiones sociales.

Baek interpreta los nuevos hallazgos como otra expresión del “principio Anna Karenina”: el éxito (en este caso, social o emocional) sigue patrones comunes, mientras que el fracaso es más individual y variado. “Puede haber muchas formas de ser pesimista, pero los optimistas tienden a compartir unos pocos modelos mentales comunes sobre el futuro”, comenta.

¿Y qué causa este fenómeno? Yanagisawa cree que los valores culturales podrían desempeñar un papel clave. En muchas sociedades, ser optimista y tener redes sociales extensas se consideran virtudes, lo que podría alinear el pensamiento de quienes buscan encajar o alcanzar esos ideales. A lo largo del tiempo, esto podría generar formas similares de imaginar el futuro.

No obstante, hay que tomar los resultados con cautela. Como señala Baek, los estudios aún no han aclarado cuánto se solapan conceptos como el optimismo, la soledad o la posición en una red social. “Este nuevo estudio no controló factores como la soledad, y mis investigaciones previas no controlaron el optimismo”, aclara. Esto deja abierta la posibilidad de que estemos viendo los efectos de una combinación de variables aún no separadas claramente.

Además, ni el optimismo ni el pesimismo son rasgos fijos: cambian con la edad y pueden variar mucho entre culturas. Y tampoco son inherentemente buenos o malos. “Un optimismo excesivo puede llevarnos a no planear adecuadamente para el futuro”, advierte Aleea Devitt, psicóloga en la Universidad de Waikato, Nueva Zelanda. “Y el pesimismo puede ser útil en ciertas circunstancias: algunas personas se benefician de ser pesimistas defensivos, lo cual les ayuda a prepararse mejor para lo que viene”.

En resumen, aunque los cerebros optimistas parezcan ir al mismo ritmo, los pesimistas tocan cada uno su propia melodía. Comprender estas diferencias podría arrojar luz sobre cómo nos relacionamos con los demás y cómo construimos nuestras expectativas frente al incierto pero siempre intrigante futuro.

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