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Estados Unidos cruza la línea: Venezuela y el regreso del intervencionismo abierto en América Latina

Mundo06 de enero de 2026 Victor Hugo Perez Gallo, Universidad de Zaragoza
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Invasión a Venezuela Tomas Ragina/Shutterstock

Durante años, Estados Unidos ha presentado su política exterior como defensora de un “orden internacional basado en reglas”. Ese lenguaje ha servido para legitimar sanciones, presiones diplomáticas y operaciones encubiertas, especialmente en América Latina. Sin embargo, la reciente captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses rompe de forma abrupta con esa retórica.

No es una acción más dentro del conflicto con Venezuela. Se trata de una intervención directa contra un jefe de Estado en ejercicio, ejecutada sin mandato internacional y sin mediación multilateral. Dicho sin rodeos: Estados Unidos ha cruzado una línea que decía defender.

Este artículo no evalúa el carácter democrático del gobierno venezolano ni el historial del chavismo. El problema aquí es otro y más profundo: qué implica para América Latina –y para el sistema internacional– que la principal potencia mundial se arrogue el derecho de capturar gobiernos por la fuerza.

De la presión al atropello del precedente

Hasta ahora, la estrategia estadounidense frente a Venezuela había sido indirecta. Sanciones económicas, bloqueo financiero, aislamiento diplomático y deslegitimación política. Un asedio prolongado que, aunque devastador, se mantenía dentro de una zona gris del derecho internacional.

La captura de un presidente en funciones supone un salto cualitativo. Ya no hablamos de presión, sino de intervención soberana directa. De la suspensión unilateral de las reglas cuando dejan de ser útiles.

Como advierte el experto en relaciones internacionales estadounidense Stephen Walt, el poder hegemónico se vuelve inestable cuando confunde fuerza con autoridad. Los precedentes no se evalúan por su eficacia inmediata, sino por el tipo de mundo que ayudan a construir. Y el mundo que se perfila tras esta acción es uno donde la soberanía es condicional y la legalidad, selectiva.

América Latina: advertencia para todos

Para América Latina, el mensaje es inequívoco. No importa el signo ideológico, el tamaño del país o su grado de alineamiento: ningún Estado está completamente a salvo si entra en la categoría de “inaceptable” para Washington.

Este episodio reactiva una memoria histórica que la región nunca logró cerrar del todo: golpes, tutelas, gobiernos derrocados o disciplinados.

Desde la teoría de la autonomía latinoamericana, el abogado y diplomático argentino Juan Carlos Puig advertía que cuando las grandes potencias actúan sin límites claros, los Estados periféricos reducen su margen de maniobra y refuerzan conductas defensivas. El resultado no suele ser democratización, sino repliegue, militarización y desconfianza estructural.

La historia latinoamericana ofrece ejemplos elocuentes: el derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, impulsado por Estados Unidos, es señalado por numerosos historiadores como un punto de inflexión regional. Autores como Piero Gleijeses y Greg Grandin han mostrado cómo aquel golpe contribuyó a radicalizar a amplios sectores de la izquierda latinoamericana y alimentó procesos posteriores –entre ellos, la Revolución cubana, la prolongada guerra interna en Colombia y otros movimientos insurgentes–, al cerrar las vías reformistas y reforzar la percepción de que el cambio pacífico era inviable bajo tutela externa.

No es casual que este tipo de acciones empujen a los gobiernos latinoamericanos a buscar contrapesos fuera del continente (China y Rusia), endurecer el control interno y desconfiar aún más de los mecanismos regionales existentes (OEA).

El coste político para Estados Unidos

Desde una lógica de poder inmediato, la operación puede parecer un éxito. Desde una lógica histórica, es un error estratégico.

Antonio Gramsci (1891-1937) explicó que la hegemonía se sostiene tanto por consenso como por coerción. Cuando la coerción se impone sin consenso, la hegemonía entra en crisis. En el plano internacional, esto se traduce en pérdida de legitimidad, incluso entre aliados.

Por su parte, el economista y sociólogo italiano Giovanni Arrighi mostró en 1994 que las potencias en declive tienden a sustituir autoridad por fuerza. El problema es que ese recurso acelera el desgaste del liderazgo global. En un contexto de competencia con China y Rusia, este tipo de intervenciones refuerza la narrativa de un orden occidental arbitrario e hipócrita.

Lejos de fortalecer su posición, Estados Unidos alimenta la desconfianza global y legitima, indirectamente, que otros actores hagan lo mismo en sus respectivas áreas de influencia.

El retorno del poder sin reglas

El filósofo y jurista alemán Carl Schmitt (1888-1995) sostuvo que soberano es quien decide sobre el Estado de excepción. Aplicado a la política internacional, este principio tiene consecuencias devastadoras: si la excepción se normaliza, el derecho internacional deja de ser un marco y se convierte en un instrumento.

Eso es exactamente lo que está en juego. No Venezuela. No Maduro. Sino la idea misma de que existen límites al ejercicio del poder.

Cuando esos límites se cruzan sin consecuencias, la política internacional entra en una fase más cruda, más inestable y más peligrosa. América Latina ya ha vivido ese escenario. Y sabe que nunca termina bien.

La pregunta relevante ya no es qué ocurrirá en Venezuela, sino otra, mucho más inquietante: ¿qué credibilidad puede tener un “orden internacional basado en reglas” cuando quien lo proclama demuestra que puede violarlo sin consecuencias?

Una vez aceptado ese precedente, no hay retorno posible. El derecho deja de ordenar el mundo y el poder vuelve a gobernarlo sin máscaras.The Conversation

Victor Hugo Perez Gallo, Assistant lecturer, Universidad de Zaragoza

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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