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Una infancia rota aumenta el riesgo de que la violencia se repita

La violencia no surge de la nada. Se gesta lentamente, muchas veces en silencio, en hogares donde el miedo y la indiferencia reemplazan al afecto. Comprender cómo nace esa violencia es uno de los grandes dilemas de la humanidad: ¿somos violentos por naturaleza o es el entorno el que nos vuelve letales? La ciencia apunta a que ambas fuerzas se combinan.
Salud16 de febrero de 2026 Dolores Fernández Pérez, Universidad de Castilla
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Sony Herdiana/Shutterstock

Un estudio realizado en Nueva Zelanda hace ya algunos años, conocido como Proyecto Dunedin, siguió a más de mil personas desde 1972. Los investigadores observaron cómo la salud, la personalidad y las experiencias familiares marcan el desarrollo de cada individuo. Sus resultados fueron claros: cuando una personalidad impulsiva o agresiva crece en un ambiente dañino, el riesgo de comportamientos violentos y antisociales aumenta.

Algunos niños nacen con temperamentos difíciles, es decir, se frustran rápido, reaccionan con rabia o les cuesta reflexionar antes de actuar. Otros, en cambio, muestran más empatía y autocontrol. El entorno puede marcar la diferencia. Si un niño con carácter complicado crece en un hogar violento o negligente, la probabilidad de reproducir esa violencia se multiplica. Los expertos llaman a esto la “ecuación victimal”: una mezcla entre vulnerabilidad y trauma que puede transformarse en violencia si no se trata a tiempo.

Qué ocurre si hay adultos fríos e impredecibles

La teoría del apego también ayuda a entender esta relación. Cuando los cuidadores actúan de forma estable, sensible y afectuosa, el/la niño/a puede desarrollar un apego seguro. Esa base emocional facilita la empatía, la autorregulación y la confianza en los demás. Por el contrario, cuando los adultos son impredecibles, fríos o tratan mal al niño/a, es más probable que se forme un apego inseguro o incluso desorganizado. En estas situaciones aumentan la impulsividad, la agresividad, las dificultades para conectar emocionalmente con los demás y la probabilidad de conductas antisociales.

No todos los niños que sufren violencia se convierten en agresores. El famoso asesino en serie y agresor sexual estadounidense Jeffrey Dahmer, por ejemplo, creció en un hogar negligente y solitario, pero su hermano no desarrolló conductas violentas. El también asesino en serie Ted Bundy vivió una infancia llena de secretos y confusión, pero sus hermanos siguieron caminos distintos. Estos casos muestran que el entorno no determina el destino por sí solo. La clave está en cómo se combinan la vulnerabilidad individual y las experiencias adversas tempranas.

Aun así, muchos de los criminales más violentos de la historia tienen algo en común: una infancia marcada por el abuso y la desprotección. En muchos casos, el trauma no tratado se convierte con el tiempo en patrones de control, agresión y deshumanización. Gracias a los avances en análisis de conducta, hoy es posible comprender cómo ciertos factores biográficos predicen la escalada hacia comportamientos violentos.

Asesinos en serie y maltrato infantil

Si bien no existe un único perfil de asesino serial, la mayoría de ellos sufrió algún tipo de maltrato infantil. Se estima que la mitad vivió abuso psicológico, más de un tercio físico y uno de cada cuatro, abuso sexual. Estas heridas no solo dejan cicatrices emocionales: también alteran la forma en que la persona piensa, siente el dolor y reacciona ante los demás. Con el tiempo, pueden generar visiones hostiles del mundo y respuestas agresivas aprendidas.

El análisis secuencial de conducta, una técnica usada para estudiar patrones criminales, ha mostrado relaciones llamativas. El tipo de abuso sufrido en la infancia tiende a influir en el tipo de crimen cometido en la adultez. Por ejemplo, quienes fueron víctimas de abuso sexual suelen reproducir crímenes con carga sexual o de mutilación. El abuso psicológico se asocia a asesinatos marcados por el exceso de violencia. El físico, con escenas dominadas por la ira. Cuando una persona sufrió varios tipos de abuso, la motivación sexual o de control aparece con más fuerza.

El caso del asesino Edward Gein, revivido recientemente por una serie documental, muestra de forma extrema esa conexión entre trauma y crimen. Gein creció con un padre violento y una madre fanática religiosa que lo convenció de que el mundo era pecado. Vivió aislado, sin afecto, y desarrolló un lazo enfermizo con ella: la temía y la adoraba al mismo tiempo. Cuando su madre murió, su obsesión se transformó en violencia. Mataba mujeres para intentar “reconstruirla” con la piel de sus víctimas, en un intento retorcido por recuperar el único vínculo emocional que conoció.

Vulnerabilidad y trauma

Otros casos de asesinos en serie muestran historias similares. Aileen Wuornos, prostituta desde la adolescencia, sufrió abusos desde niña. Andrei Chikatilo, en la Unión Soviética, fue víctima de violencia sexual y hambre. Pedro Alonso López, conocido como el “Monstruo de los Andes”, creció entre golpes y abandono. En todos ellos se repite una fórmula: vulnerabilidad, trauma y ausencia de tratamiento que dan lugar a formas de violencia extrema.

La evidencia es clara. El abuso infantil no condena a nadie a la criminalidad, pero aumenta el riesgo de que la violencia se repita. Cuando el dolor no se trata, se transmite. Es lo que los investigadores llaman el “ciclo de la violencia”, un fenómeno donde las heridas de la infancia pueden reencarnarse en nuevas víctimas.

Comprender esta ecuación, donde la vulnerabilidad se une al trauma y al apego dañado, no busca justificar los crímenes. Busca prevenirlos. Porque detrás de muchos actos violentos hay una historia de dolor no atendido. Y romper ese ciclo empieza mucho antes del delito, empieza en la infancia.The Conversation

Dolores Fernández Pérez, Profesora Ayudante Doctora. Departamento de Psicología, Universidad de Castilla-La Mancha y María Verónica Jimeno Jiménez, Profesora Titular Victimología, área Psicología Social, Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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