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13 minutos en vilo: el regreso a la Tierra de Artemis II

En la tarde del 10 de abril de 2026 en América –madrugada del 11 de abril en España–, una estrella fugaz ha entrado en la atmósfera de nuestro planeta. Solo que esta vez no procedía del polvo cósmico: la hemos construido nosotros.
Ciencia12 de abril de 2026 Valen Gómez Jáuregui

, Universidad de Cantabria; José Andrés Díaz Severiano, Universidad de Cantabria; Miguel Iglesias, Universidad de Cantabria y Noemí Barral Ramón, Universidad de Cantabria

Dentro de ella han llegado cuatro seres humanos envueltos en plasma refulgente para recordarnos una idea tan antigua como radicalmente vanguardista: que la humanidad no está condenada a repetirse en la Tierra, sino llamada a reinventarse en el espacio.

La cápsula Orión, del programa Artemis II, ha amerizado en el Pacífico, frente a la costa de San Diego (EE. UU.), este viernes 10 de abril por la noche, a las 8:07 p.m, hora local, exactamente la hora programada. De las 2 600 toneladas que despegaron de Cabo Cañaveral hace 10 días, solo han regresado unas 9,3. Proporcionalmente, es como si de una botella de vino entera solo hubiese vuelto el tapón.

Una bola de fuego a 2 760 ºC

Orión ha afrontado la reentrada a alrededor de 40 000 km/h. A esa velocidad, que es casi 20 veces más rápida que la del malogrado Concorde, tardaríamos menos de 9 minutos en ir de Madrid a Nueva York. Vamos, que no nos daría tiempo a escuchar completo el American Pie de Don McLean –una canción muy apropiada para estos tiempos convulsos que nos acompañan, por cierto–.

Esas condiciones generan, al entrar en la atmósfera, temperaturas exteriores de alrededor de 2 760 ºC, provocando una bola de fuego brutal. La NASA dice que los meteoritos menores que un campo de fútbol se desintegran antes de llegar al suelo. Durante unos minutos, Orión no ha volado por el aire, sino que ha luchado encarnizadamente contra la atmósfera a base de incendiar el firmamento.

La cápsula, bautizada por sus inquilinos como Integrity (Integridad), ha soportado ese calor infernal gracias al escudo térmico de protección. que medía cerca de 5 metros de diámetro. Su superficie estaba formada por 186 bloques mecanizados de Avcoat, un material descendiente directo del usado en las naves Apolo. NASA lo describe como el mayor escudo ablativo (es decir, que se sacrifica, degrada y carboniza para salvar el interior) construido para una nave tripulada.

Pues bien, ese escudo ha cumplido su misión, sacrificándose de forma más “brillante”, nunca mejor dicho. No estaba pensado solo para sobrevivir a la reentrada sino para que sobrevivieran quienes viajaban tras él.

Reentrada a saltos

Aunque no se ha podido apreciar en las imágenes, Orión no ha entrado “a saco”, zambulléndose en la atmósfera “de cabeza”. Lo ha hecho utilizando una técnica llamada skip entry o reentrada a saltos, parecida al salto de la rana que hace una piedra plana rebotando sobre el agua.

Es decir, la cápsula ha entrado en capas altas de la atmósfera, ha “rebotado” parcialmente y ha vuelto a descender, aunque de forma más gradual que la anterior experiencia de 2022 con Artemis I. De este modo, ha podido reducir cargas térmicas y aceleraciones en ciertos perfiles, mejorando la precisión del amerizaje.

¿Y dónde ha ido a caer esa estrella fugaz tripulada? Orión ha llegado a una zona de recuperación prevista, no a un “capsulapuerto” ideal con código postal y coordenadas concretas. La operación estaba pensada precisamente para eso: absorber desviaciones de la ubicación de llegada. Así, recuperarla no dependía de un único barco, sino de un dispositivo naval y aéreo escalonado, con un buque anfibio principal, lanchas rápidas, buzos y apoyo aéreo. Esta “comitiva de bienvenida” estaba lista para actuar incluso si la cápsula caía lejos del punto ideal previsto.

Esperar vivo a que te encuentren

La filosofía moderna del kit de supervivencia espacial nació muy pronto. El océano enseñó a la carrera espacial que volver no basta: hay que ser capaz de esperar vivo a que te encuentren.

Durante los primeros vuelos estadounidenses se aprendió muy deprisa que un amerizaje en el océano no es lo mismo que una llegada a un aeródromo acuático. Ham, el chimpancé astronauta del vuelo Mercury-Redstone 2 (1961), fue el primer ser vivo que los EE. UU. enviaron al espacio. Desafortunadamente, en aquella ocasión la cápsula amerizó bastante más lejos de lo previsto y hubo tensión real durante la recuperación: el homínido estuvo a punto de perecer tras inundarse la cápsula. Ese tipo de incidentes llevó a decidir de que cada tripulación debía llevar equipo autónomo de supervivencia, no solo esperar al rescate.

En alta mar, como en el espacio profundo, la frontera entre la alta tecnología y el instinto más antiguo de la especie es sorprendentemente fina. Así, la cápsula lleva un kit de supervivencia que no solo permite flotar: colorea el agua para ser visible desde kilómetros de altura, protege del frío y del sol, emite señales luminosas y sonoras… y hasta incluye sistemas para ahuyentar tiburones. Cada elemento está pensado para que los astronautas puedan ganar tiempo mientras llegan los equipos de rescate y se abre la escotilla.

Hoy, los astronautas han pasado varias horas afrontando esa última prueba: esperar dentro de una cápsula flotando en mitad del océano, rodeados de silencio, gases tóxicos, calor residual y protocolos estrictos, hasta que la NASA ha confirmado que era seguro volver a casa.

Artemis II ha resultado un éxito, pero no se puede decir que lo haya sido “a pesar de los fallos de Artemis I”: precisamente ha conseguido regresar gracias a lo aprendido de aquellos. Como siempre ocurre en ciencia, cada error se ha convertido en conocimiento.

Hoy, durante el regreso de Integrity cual estrella fugaz, le hemos pedido un deseo al ver su estela, que tiene más que ver con las cosas que nos unen a los habitantes del planeta que con lo que nos separa. La diferencia es que, esta vez, dentro de la estrella había personas intentando concedérnoslo.The Conversation

Valen Gómez Jáuregui, PTU y Coordinador del Grupo I+D InGraStrUC (Ingeniería Gráfica y Estructuras Espaciales), Universidad de Cantabria; José Andrés Díaz Severiano, Profesor de Expresión Gráfica, Universidad de Cantabria; Miguel Iglesias, Profesor de Ingeniería Mecánica, Universidad de Cantabria y Noemí Barral Ramón, Profesor Permanente Laboral del Área de Explotación de Minas, Universidad de Cantabria

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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