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Hace miles de años, un ‘Homo’ decidió alzar la vista y observar el cielo por primera vez

Según escribo estas líneas, varios telescopios y sondas captan datos e imágenes del cuerpo celeste 3I/ATLAS. El tercer objeto interestelar conocido cruza rasante el sistema solar que habitamos. Sabremos algo sobre él –y algo más sobre el cosmos– cuando haya desaparecido en el inmenso (casi) vacío cósmico. También estamos siguiendo la aventura de los astronautas que más se han alejado nunca de la Tierra. Y esperamos ansiosos el eclipse total que se verá, en agosto, desde la península ibérica.
Ciencia09 de abril de 2026 Carlos Rafael Burguete Prieto

sripfoto/Shutterstock
Universidad Complutense de Madrid

Una vez que todos estos acontecimientos pasen, los humanos seguiremos detectando y estudiando exoplanetas, estrellas, púlsares, cuásares, galaxias, cúmulos y supercúmulos galácticos, ondas gravitacionales, etc. Barruntaremos también modelos cosmológicos para describir y explicar el origen y el destino de este universo, y continuaremos ideando métodos de propulsión para salir del ámbito del Sol y convertirnos en una forma de vida interestelar.

Quién alzó la vista

Es imposible responder con precisión quién miró al cielo por primera vez. Podemos aventurar que hubo un lejano antepasado que observó el firmamento y estableció relaciones entre lo que vio y los fenómenos naturales de los que dependía estrechamente su supervivencia.

Una de las propuestas sobre evidencia arqueológica más remota en el tiempo relacionada con la observación del cielo es la realizada por la investigadora francesa Chantal Jègues-Wolkiewiez. En 2020, sugirió que la galería de las imágenes figurativas en la pared principal de la cueva de Lascaux representaba un mapa de las estrellas de las constelaciones principales tal y como aparecieron en el Paleolítico.

Sin embargo, es posible que los orígenes de esta vinculación de nuestros ancestros con los astros sean más antiguos. Con apoyo en la evidencia acumulada, parece razonable sugerir que las capacidades cognitivas para ello estaban instaladas mucho antes. Y que dicha adquisición no fue algo acaecido de la noche a la mañana, sino el resultado de un proceso gradual y complejo que involucró a miembros arcaicos de nuestra estirpe y, probablemente, a representantes de otras especies, subespecies o linajes.

Contamos con pruebas que aluden a esas capacidades cognitivas remotas. En el contexto de las prácticas funerarias y de la posible creencia en una vida tras la muerte, existen varios enterramientos con ofrendas en la zona de la actual Israel datados en hace más de 120 000 años. Además, hay dos grandes círculos con una antigüedad estimada de 176 000 años y creados con estalactitas y estalagmitas en una zona casi inaccesible de una cueva francesa que sugieren alguna actividad ritual entre neandertales.

En referencia a lo que entendemos por arte –posiblemente también obra de nuestros hermanos evolutivos– hay tres pinturas en cuevas españolas datadas al menos 66 000 años antes de nuestra era. Además, se han hallado ornamentos que atestiguan un simbolismo relacionado con la identidad personal, social o grupal, en forma de uñas de rapaces empleadas como collares o colgantes, y pigmentos para, quizás, decorar la piel, el cabello o los ropajes.

En definitiva, es posible determinar la existencia de un pensamiento abstracto. Éste avala a nuestros lejanos ancestros directos, así como a otras especies del género Homo, para observar el cielo con curiosidad y establecer conexiones con lo tangible y vital.

¿Por qué?

La respuesta a las razones que les llevaron a mirar el cielo es polifacética. Sin embargo, probablemente lo que hoy nos impulsa a explorar el resto del cosmos no difiere mucho de aquello que les empujó a ellos a observar el cielo y los objetos cuya luz, propia o reflejada, los hace visibles en la negrura de la noche.

Nuestras mentes son, entre otras mil cosas, máquinas de detección de patrones. Y cuesta imaginar un patrón natural más omnipresente y sempiterno –más obvio y a la vez misterioso– que el ciclo de los días y las noches. La presencia de tres conceptos en la respuesta a ese “por qué” se antoja inevitable: curiosidad, pulsión exploradora e instinto de supervivencia. Rasgos atemporales y universales de la mente de los peculiares primates que habitamos un diminuto y anodino punto azul pálido.

Objetos de hueso y piedra con incisiones que siguen patrones (paralelismo, homogeneidad y equidistancia) creados, probablemente, por especies distintas a _Homo sapiens_ en Europa. Podrían representar un sistema numérico básico relacionado con la observaci
Objetos de hueso y piedra con incisiones que siguen patrones (paralelismo, homogeneidad y equidistancia) creados, probablemente, por especies distintas a Homo sapiens en Europa. Podrían representar un sistema numérico básico relacionado con la observación de los objetos celestes. En concreto, la figura A pertenece a Grotte du loup (Arcy-sur Cure, Francia); la B, a La Ferrassie (Francia); la C, a Quneitra (Israel); y la D, a Bilzingsleben (Alemania). Don Hitchcock en Donsmaps.com y The Wenner-Gren Foundation for Anthropological Research

¿Para qué?

Como en cualquier otra faceta del comportamiento que estudiemos, querer satisfacer las necesidades básicas es inevitable. Descubierto el vínculo entre los ciclos temporales, regidos por el movimiento de los astros, y la conducta de los herbívoros de los que dependía la supervivencia, resulta evidente una finalidad pragmática en la observación de, por ejemplo, las fases lunares.

Los nacimientos y migraciones de las especies animales que supusieron un recurso vital estuvieron, están y estarán fuertemente vinculados a la sucesión cíclica de las estaciones. Esta es predecible, a su vez, por el registro del tiempo a través del conteo y notación de días y noches o de los ciclos de la Luna. Así, aquellos cazadores-recolectores con mentes capaces de vincular los ritmos celestes y las conductas fenológicas de los animales y plantas debieron descubrir la conveniencia de pautar el paso del tiempo según la periodicidad de los movimientos aparentes de los astros.

Placa de hueso de unos 30 000 años de antigüedad, procedente del Abri Blanchard (Dordoña, Francia), que se cree que representa las posiciones de la luna creciente y menguante en forma de serpiente. Emilia Pasztor/Türr István Museum

Esta línea de argumentación podría, por otro lado, arrojar luz a la hora de interpretar parte del enigmático “arte paleolítico”, aquel que mezcla representaciones figurativas de los animales cazados con notaciones numéricas, tal y como se sugirió hace unos años.

Al contrario que nosotros hoy día, cegados por el absurdo exceso de iluminación artificial, nuestros ancestros, pese a sobrellevar existencias durísimas marcadas por el objetivo omnipresente de sobrevivir, tuvieron el privilegio de contemplar el firmamento en toda su magnificencia.

Es difícil escapar a la conclusión de que esos cielos se instalarían en sus mentes como mapas en los que la Luna y las estrellas hiciesen de balizas para la supervivencia. Tal vez, además, funcionaron como una primordial fuente de inspiración para el desarrollo de creencias y mitos que favorecían el desarrollo de la creatividad, el simbolismo, el lenguaje, el comportamiento funerario o eso que llamamos “arte”.

La arqueología paleolítica nos brinda preciosos indicios de que hubo mentes inquietas desde la noche de los tiempos que dejaron delicados testimonios de su curiosidad y de su necesidad de sobrevivir.The Conversation

Carlos Rafael Burguete Prieto, Investigador y Doctor en Arqueología, Universidad Complutense de Madrid

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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