
De Arcoíris y de Sueños: Una Historia real de un padre y su amor infinito

Yo la vi nacer. No es una manera de decirlo: estuve ahí, frente al instante exacto en que salió del vientre de su mamá. Fui el primero en tenerla en brazos y llegó al mundo acompañada por música, como había vivido todo el embarazo: muchas noches, antes de dormir, yo apoyaba auriculares sobre la panza para que escuchara conmigo.
Le cambié el primer pañal y tantos otros después. Durante sus primeros tres meses fui yo quien la vestía. Su mamá tenía miedo de lastimarla; yo le mostraba que era fuerte, que era de goma, mientras acomodaba el body. Aprendí el peso perfecto de su cuerpo dormido sobre mi pecho, en esa posición fetal que parecía haber elegido para volver al lugar más seguro que conocía.
Le enseñé a caminar, a hablar, a reírse y a soñar. En sus pasos chiquitos y en las pocas palabras que iba juntando, a veces me buscaba en las mañanas en que yo no estaba. Sin embargo, por mucho tiempo no pude escribirle una canción. Como si el amor, de tan grande, no encontrara por dónde salir.
Durante sus primeros cuatro años viajé una semana por mes por cuestiones de trabajo. Solía irme con el ánimo en su lugar y me alojaba en la casa de un amigo querido. Sin embargo, hubo un viaje en que todo cambió: no quería irme. Sentía que la iba a extrañar demasiado. Apenas había recorrido treinta kilómetros y ya la estaba llamando para escucharla.

Llegué a Buenos Aires con un estado gripal que me acompañó hasta el día siguiente. Esa tarde le pedí prestada la guitarra a mi amigo, y en unos minutos apareció una canción: De Arcoíris y de Sueños. Esa noche, quizás por la música o el alivio de haberla plasmado en una canción, sentí que aún lejos podía encontrar una forma de volver a ella.
Pasaron seis años desde que nació. En ese tiempo llevé adelante una familia y fui haciendo crecer mi proyecto laboral. Su existencia era una energía que me empujaba incluso cuando ya no sabía de dónde sacar fuerzas.
La llevaba al maternal aunque llorara al despedirse. Algunas veces le decía: «Vos tenés que cumplir tus sueños. No dejes que los demás te digan qué hacer, no importa lo que digan». No sabía entonces cuánto iba a pesar esa frase cuando me tocará vivirla a mí.

A comienzos de 2023, recordé por qué había iniciado mi proyecto: quería construir una estructura que sostuviera mi carrera musical. No quería que la música fuera un pasatiempo ni una fantasía pasajera. Quería vivirla de verdad. Así, decidí volver a tocar y grabar un disco. Pero la decisión final no fue solo mía. También enfrenté la pregunta: si renunciaba a todo, ¿qué le estaría enseñando?
Con el tiempo aparecieron los espacios, las versiones, los silencios y las ausencias. Viví aquello como una batalla emocional. Mientras tanto, ella empezó a alejarse. Quizá mis propias ausencias tuvieron algo que ver, aunque buscara verla y estuviera presente casi todos los días.
A veces, el "sí a todo" parece más fácil que un "no" necesario. Ella es una niña y no debería cargar con la tarea de entender las diferencias entre los adultos. A veces, siento que entre nosotros quedó un pulso de egos, una disputa en la que nunca quise que ella tuviera que estar.

Hoy, mi hija toma decisiones que a veces son demasiado grandes para sus años. A veces elige no venir a mi casa, el lugar de los «no» ocasionales y de los límites. Me duele, pero no quiero que ese dolor se convierta en reproche para ella. No es su obligación entender lo que recién estoy aprendiendo a nombrar.
Yo sé esperar. No porque tenga la certeza de cuándo volverá, sino porque hay un lugar en mí que sigue siendo suyo. Cuando la vida le dé palabras para mirar su historia, ojalá pueda encontrar que la puerta de su papá nunca se cerró. Si algún día vuelve a cruzarla, voy a estar esperándola con los brazos abiertos. Como aquella primera vez.


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