
Esa retirada no implica necesariamente un viraje ideológico. A veces, los antiguos votantes simplemente dejan de acudir a las urnas o se refugian en la papeleta en blanco, en el voto nulo o en una abstención que aparece y desaparece según el ciclo político. Esa ausencia es una derrota doble: resta apoyos en el escrutinio y deshilacha el vínculo emocional que sostiene un partido a lo largo del tiempo.
En democracia, las pérdidas rápidas suelen tener un componente de desmovilización selectiva. El partido no solo convence menos: moviliza peor a quienes ya estaban dentro. Interpretarlo como un simple “nos han robado votantes” es un error. Si ese fuera el problema, bastaría con ajustar mensajes o disputar el centro. Pero cuando lo que falla es la conexión con los propios, la reparación es más profunda: hay que reconstruir sentido, credibilidad y pertenencia.
El economista, político y científico social Albert O. Hirschman lo explicó con una claridad sorprendente: cuando la voz –protestar, exigir, presionar desde dentro– se percibe inútil o demasiado costosa, aparece el exit: el ciudadano abandona silenciosamente. No cambia de bando, se retira.
En lenguaje cotidiano: el votante no siempre se vuelve del adversario; a veces se vuelve cansado. Y cuando ese cansancio se instala en un segmento relevante, el daño no es coyuntural, sino que afecta a la capacidad futura de convocar y sostener un proyecto.
La opción de no ir a las urnas
Esto no es una intuición. Las encuestas postelectorales lo muestran bien. En 2011, cuando el PSOE obtuvo uno de sus peores resultados desde 1977, el CIS constató que una parte significativa de quienes habían votado socialista en 2008 no migró al PP ni a terceras opciones. Simplemente no votó. En torno a uno de cada diez antiguos votantes admitió una abstención deliberada. La lección es fría: parte del desplome no fue conversión ideológica, sino pérdida de energía moral.
Una segunda pista aparece en contextos de repetición electoral. En 2019, con dos elecciones generales en siete meses, la participación cayó varios puntos, y el CIS documentó motivos elocuentes: cansancio, saturación, desafección. Incluso entre quienes finalmente votaron, muchos reconocieron que llegaron a plantearse no hacerlo. El mensaje es claro: para un partido, el mayor peligro no es la crítica, es que sus votantes concluyan que “ya no merece la pena”.
Cuando hablamos de “relato” u “horizonte creíble”, no hablamos de propaganda. Hablamos de una arquitectura: la capacidad de un partido para ofrecer a su electorado una historia de futuro plausible que conecte valores, herramientas y resultados. Cuando esa historia se rompe –por improvisación, conflictos internos, incoherencias o incapacidad de explicar qué se haría realmente distinto– se rompe también el contrato emocional. Y entonces aparece un patrón que la noche electoral suele subestimar: el votante no siempre castiga eligiendo al rival, sino que muchas veces castiga retirándose.
La historia democrática española lo confirma. La UCD no desapareció en 1982 porque el PSOE ganara con fuerza, se desplomó porque perdió la capacidad de integrar su propio “nosotros”. En otros ciclos, el desgaste de gobierno, la erosión reputacional o la sensación de etapa agotada han activado exactamente el mismo resorte: abstención selectiva entre segmentos que antes sostenían al partido.
Los estudios insisten desde hace años en que buena parte del cambio electoral se entiende mejor como movilización y desmovilización que como simple intercambio de votos. No es una corrección menor: cambia el diagnóstico y, por tanto, la estrategia.
A ello se suma la dimensión comunitaria. El sociólogo estadounidense Robert Putnam mostró que cuando una sociedad se desconecta de sus vínculos sociales, también se debilita su implicación política: menos confianza, menos asociacionismo, menos participación.
En España, con matices, la lógica es reconocible. Cuando el ciudadano percibe que las instituciones no resuelven, que los partidos son aparatos autorreferenciales o que la política es un ruido constante sin retorno tangible, el resultado no siempre es radicalización. Muy a menudo es algo más silencioso: retirada.
Por eso, cuando asistimos a un desplome electoral –en Aragón, recientemente, o en cualquier otro territorio–, la pregunta útil no es “¿qué hizo tan bien el rival?”. La pregunta es: ¿qué dejó de ofrecer el partido que cae para que parte de los suyos decidiera no estar?
El silencio del propio electorado
En definitiva, muchas derrotas no se explican por la fuerza del adversario, sino por el silencio del propio electorado. Y ese silencio suele anunciar lo mismo: un partido que ha dejado de ser comunidad y se ha convertido en maquinaria.
La solución no es simplemente mejorar la campaña. Una campaña puede subir un punto, pero difícilmente recompone una relación. Si el problema es desconexión, la reconstrucción exige tres tareas: recuperar sentido –para qué existimos–, recuperar credibilidad –qué podemos lograr realmente– y recuperar vínculo –qué ofrecemos para que valga la pena volver–.
De lo contrario, el partido y sus líderes, están condenados a la caída. Porque un partido puede perder unas elecciones y seguir existiendo. A lo que no sobrevive es perder a los suyos por el camino.![]()
Ernesto M. Pascual Bueno, Profesor de los estudios de Derecho y Ciencia Política, UOC - Universitat Oberta de Catalunya
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.




















