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Descansar, disfrutar y compartir: tres reglas de oro para la salud neuronal y la prevención de enfermedades

Es de noche en el bosque neuronal, la glándula pineal ha entendido muy bien el mensaje de la oscuridad que se ha captado por la ventana de la retina y ha enviado como emisario a la melatonina para que el sistema de encendido y apagado temporal del estado de consciencia y del ciclo circadiano del sueño se active.
SaludHace 5 horas Rodrigo Ramos-Zúñiga, Universidad de Guadalajara

Astrid Gast/Shutterstock

“Grandes médicos son el sol, el aire, el silencio y el arte”.

Santiago Ramón y Cajal.

En unos minutos más, el cerebro modificará su patrón electrofisiológico, dejando la actividad del estado despierto. Este se caracteriza por un patrón de ondas eléctricas Beta, que predominan en el lóbulo frontal. Dará paso entonces al sueño de ondas lentas, de predominio posterior. Por periodos específicos, se sorprenderá con los ensueños más sofisticados y propios de un best seller o de una película premiada por la academia. Una obra que puede tener entre sus principales protagonistas al propio portador de ese cerebro.

Este sueño paradójico, denominado así por tratarse de un sueño profundo con una importante actividad cerebral, alcanza sus etapas más profundas y sus periodos de mayor actividad neuronal durante la madrugada. En esas fases, el cerebro se resetea. Elige la información trascendente para conservarla en la memoria, y se deshace de la información irrelevante para enviarla al olvido, como si fuera una carpeta de spam.

“Mariposas del alma”

Por si fuera poco, en esta etapa, las “mariposas del alma” limpian sus alas. La metáfora es de Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel en 1906, quien describió a esas neuronas “aladas” como las células responsables de la identidad humana.

Las “mariposas del alma” necesitan recuperarse de su pulular por diferentes redes, circuitos y trayectos. Y es en esta etapa de descanso cuando diferentes mecanismos celulares y moleculares recogen la basura de los traspatios neuronales. Se evita así que las sustancias de desecho atrapen las conexiones, como si fuesen telarañas que habitan en ciertos rincones del cerebro.

También se consigue que no se depositen compuestos inflamatorios, tóxicos, o de proteínas deformes. Es el caso de la proteína tau o de la beta-amiloide, que aparecen cuando existe alzhéimer e interfieren, al acumularse, con la función cognitiva y emocional.

El sistema glinfático, recientemente descubierto, es en parte responsable de las tareas de lavado de las neuronas durante el periodo de sueño. Un sistema de “riego hidráulico”, que utiliza el mismo líquido del cerebro para mantenerlo funcional.

Así pues, descansar y dormir juegan un papel fundamental en el cerebro saludable. No solo porque permiten la recuperación de la sensibilidad y la reactividad de los sistemas neuronales, sino porque en este periodo fisiológico concurren una serie de eventos que resultan fundamentales para la salud mental y general de las personas.

Durante este espacio temporal, el cerebro recupera sus umbrales de funcionamiento óptimo. ¿Cómo lo consigue? Pues consolida la memoria, reorganiza la actividad eléctrica cerebral y permite que la fase de sueño paradójico, también conocida como de movimientos oculares rápidos (REM, por sus siglas en inglés), genere un descanso reparador, que resulta indispensable para el control emocional.

Mientras dormimos se afinan también los sistemas neurohormonales y se promueve la estabilidad del sistema inmune. También tienen lugar los procesos de saneamiento y limpieza de las proteínas anormales antes referidas.

El descanso y la vida

La vida cotidiana involucra múltiples funciones asociadas a nuestro reloj biológico. Por ello, el descanso se vincula con la salud mental de forma relevante.

Por ejemplo, uno de los síntomas más tempranos de depresión es el insomnio, a veces en forma de sueño fragmentado. Las alteraciones emocionales en el adulto mayor pueden ser la antesala de muchos procesos degenerativos que aparecerán con toda su expresión clínica en etapas posteriores.

El esparcimiento y el ocio saludable son fundamentales para el equilibrio emocional y para mantener la capacidad intelectual. Sus beneficios inciden también en aquellos procesos cognitivos que construyen la identidad de las personas: consciencia, orientación, memoria, lenguaje, capacidad de abstracción, capacidad analítica, capacidad de predicción y funciones ejecutivas, entre otras.

Adicionalmente, se puede asociar al disfrute y a la activación de las vías cerebrales del placer y la recompensa, lo que le agrega el componente lúdico a los periodos de descanso más allá de la salud mental y salud física. Es decir, descansar también resulta de interés por la posibilidad hedónica.

El verdadero valor del esparcimiento y de la pausa, en contraste con el ritmo acelerado de la vida actual y la presencia de inercias cotidianas estresantes, es que permite una recuperación funcional en el individuo, extensiva a su comunidad gracias a la socialización y a la empatía. Una cualidad que nos otorga estabilidad y mayor capacidad para resolver conflictos.

El descanso constituye una oportunidad para conectarse con modalidades sensoriales diversas. Estas contribuyen a mantener la paz y la tranquilidad sin sobresaltos. Nuevos olores, paisajes naturales, música, el sonido de las olas, el concierto de la naturaleza, el silencio y lecturas diferentes a nuestros hábitos de búsqueda ordinaria.

Solitud necesaria

También es necesario procurar los espacios introspectivos de solitud. Equivale a delimitar la conexión excesiva, la hiperconectividad y la invasión digital en nuestro entorno

Un enfoque que permite concentrarnos en lo más relevante de la comunicación interpersonal y acrecentar la capacidad de socializar con personas importantes de nuestra esfera afectiva. Atajamos así interferencias de otras redes, como internet o la Inteligencia Artificial.

Existen momentos en que también es necesario dejar fluir los pensamientos, y renunciar a categorizar todo el cúmulo de información que nos rodea. El reciclaje de la metacognición, entendida como la capacidad de pensar o discernir sobre nuestros propios pensamientos, puede derivar en un sobrepensar. Esto desemboca en un hiperpensamiento obsesivo, que obstaculiza el verdadero descanso.

La pausa representa, literalmente, una desconexión selectiva y a la vez una prescripción terapéutica. Al cambiar nuestros ritmos de habituación, podemos aprender a modificar nuestras inercias repetitivas y estresantes, que se identifican con entornos poco saludables.

Resiliencia neuronal y cómo conseguirla

El primer concepto de resiliencia fue postulado por la teoría evolucionista de Darwin. Según esta, la especie que sobrevive es la que tiene mayor capacidad de adaptarse.

Posteriormente, se identificó como una estrategia de recuperación del comportamiento tras situaciones o experiencias críticas. Actualmente se aplica también al escenario fisiológico, cuando las células del sistema nervioso pueden recuperarse después de haber sufrido una lesión. Recientes descubrimientos plantean la novedosa posibilidad de que los tratamientos para los trastornos de estrés humano puedan basarse en inducir mecanismos de resiliencia neuronal.

Desde una perspectiva integral, la resilencia significa un proceso de aprendizaje constante sustentado en experiencias previas y en la forma en que las abordamos. A través de ella diseñamos una ruta de hábitos creativos y proactivos vinculados con la recuperación funcional. Concurre tanto en los microespacios biológicos como en los teatros de la vida personal y social. Hoy por hoy, representa la habilidad adaptativa como estrategia para sobrevivir y también para convivir.

Equilibrio emocional y cognitivo

Gracias al proceso reparador del descanso, podemos aspirar a mantener una mente saludable. Si preservamos la capacidad de conectarlo con otras estrategias, como la dieta, el ejercicio, la convivencia, la socialización, la conversación y la introspección reflexiva, hallaremos la ruta idónea para que la emoción y la cognición sean propositivas. De este modo, constituirán un hábito sistemático y diseñaremos nuestra propia medicina preventiva personalizada.The Conversation

Rodrigo Ramos-Zúñiga, Neurocientífico, Universidad de Guadalajara

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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