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¿Qué país tiene la población más ansiosa?

Una joven brasileña va a estudiar a España y, de repente, empieza a tener dificultades para dormir, crisis de llanto y una sensación constante de aprensión. Preocupada, busca ayuda psicológica. En la consulta, rellena cuestionarios para evaluar los síntomas de ansiedad y depresión. Pero estas preguntas, validadas en otro contexto cultural, ¿captan realmente lo que ella está sintiendo? Y esto lleva a otra pregunta importante: ¿cómo funcionan las comparaciones internacionales que establecen, por ejemplo, ¿qué país tiene la población más ansiosa?

Varieté24 de agosto de 2025 Rodrigo Leão F. Nascimento
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Un estudio realizado en Brasil, Portugal y España sobre los cuestionarios estandarizados y utilizados en todo el mundo para evaluar posibles diagnósticos de ansiedad y depresión muestra que el contexto lingüístico y cultural puede alterar los resultados. Freepik, CC BY
Rodrigo Leão F. Nascimento, Pontifícia Universidade Católica do Rio de Janeiro (PUC-Rio) y J. Landeira Fernandez, Pontifícia Universidade Católica do Rio de Janeiro (PUC-Rio)

Una joven brasileña va a estudiar a España y, de repente, empieza a tener dificultades para dormir, crisis de llanto y una sensación constante de aprensión. Preocupada, busca ayuda psicológica. En la consulta, rellena cuestionarios para evaluar los síntomas de ansiedad y depresión. Pero estas preguntas, validadas en otro contexto cultural, ¿captan realmente lo que ella está sintiendo? Y esto lleva a otra pregunta importante: ¿cómo funcionan las comparaciones internacionales que establecen, por ejemplo, ¿qué país tiene la población más ansiosa?

Estos interrogantes son cada vez más relevantes ante el crecimiento global de los trastornos de salud mental, impulsado en gran medida por la pandemia de covid-19. Según el Informe sobre la salud mental en el mundo, las mujeres y los adultos jóvenes se encuentran entre los grupos más afectados. Por lo tanto, es importante que los instrumentos para medir los síntomas y hacer un seguimiento de la evolución de los casos sean fiables y comparables.

¿De dónde proceden estos cuestionarios?

Los conceptos de ansiedad y depresión han evolucionado mucho con el tiempo, desde la época de Hipócrates, en el siglo V a. e. c. Actualmente, la principal referencia es el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM), de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA), que se revisa periódicamente.

Una característica común entre las distintas modalidades de trastornos depresivos es el estado de ánimo triste, vacío o irritable, junto con síntomas cognitivos y corporales. El tipo más clásico es el trastorno depresivo mayor, que persiste durante al menos dos semanas y afecta al funcionamiento de la persona en varias áreas de la vida, como el trabajo, los estudios o las relaciones.

Por su parte, los trastornos de ansiedad se asocian con un miedo y una preocupación exagerados, persistentes y difíciles de controlar, a menudo acompañados de síntomas físicos, como palpitaciones, sudoración y dificultad para respirar.

Basándose en estos criterios, el psiquiatra Aaron Beck desarrolló dos cuestionarios: el Inventario de Depresión de Beck (BDI-II, por sus siglas en inglés) y el Inventario de Ansiedad de Beck (BAI), en las décadas de los 60 y los 80, que también se revisan y adaptan con el paso del tiempo. Cada uno tiene 21 preguntas y versiones traducidas a varios idiomas. Son los más utilizados en todo el mundo, tanto en contextos clínicos como en investigaciones poblacionales. Pero, a pesar de ser muy útiles, ¿son realmente comparables?

Cómo se adaptan y evalúan los cuestionarios

Para importar cualquier instrumento psicológico desarrollado en otro país, no basta con traducir las preguntas. Es necesario verificar que mide los síntomas de la misma manera en diferentes culturas.

Algunos estudios sugieren que manifestaciones como la tristeza profunda, la irritabilidad o los cambios en el sueño pueden interpretarse de manera diferente según el país, y que ciertas preguntas pueden tener más o menos peso según el contexto cultural. Por lo tanto, el proceso de adaptación implica varias etapas rigurosas y reevaluaciones continuas.

Este fue precisamente el tema de mi investigación doctoral, en el Laboratorio de Análisis de Datos del Departamento de Psicología de la PUC-Rio, que concluí en 2025, con el apoyo de la beca nota 10 de la FAPERJ. Junto con colaboradores de la Universidad de Coimbra, en Portugal, y de Extremadura, en España, publicamos un estudio que evaluó la equivalencia de estos cuestionarios entre muestras de 315 estudiantes universitarios en Brasil, 426 en Portugal y 1 216 en España.

En primer lugar, verificamos la estructura interna del instrumento, es decir, cómo se agrupan las preguntas en factores teóricos para la población en general. En la evaluación de la depresión (BDI-II), los estudios muestran la existencia de dos factores: uno relacionado con síntomas cognitivos, como el pesimismo o la dificultad para concentrarse, y otro con síntomas físicos y emocionales, como la fatiga, los cambios en el sueño y el apetito.

Por su parte, el BAI, que mide la ansiedad, ha ganado importancia por su capacidad para diferenciar la ansiedad de los síntomas depresivos, pero sus mecanismos aún se están investigando. Aunque muchos estudios apuntan a la existencia de dos conjuntos principales –síntomas físicos y síntomas emocionales de pánico–, otros trabajos sugieren que podría tener solo un factor general o incluso más de dos. Además, algunas palabras utilizadas en el cuestionario en español parecen interpretarse de forma diferente entre culturas, como se señala en una investigación con poblaciones latinas en Estados Unidos.

Por lo tanto, después de verificar la estructura interna de cada prueba, también es necesario evaluar la llamada “invarianza de medición”, que comprueba si las mismas preguntas tienen el mismo significado estadístico entre países. Este paso es importante para los estudios comparativos.

Cuando vemos noticias que dicen que “un estudio internacional ha revelado que el país X tiene las personas más ansiosas del mundo, debemos ser cautos. Antes de creer el titular, debemos asegurarnos de que los instrumentos utilizados en el análisis midieran la ansiedad de forma equivalente entre los países.

Lo que encontramos

Por lo que observamos, en general, el instrumento que evalúa la depresión fue equivalente en los tres países, mientras que el que mide la ansiedad, no.

Nuestros resultados para el cuestionario de depresión (BDI-II) mostraron algunas variaciones puntuales en ítems como el interés sexual, el sentimiento de castigo y los pensamientos de muerte, pero sin comprometer el resultado general. La estructura de dos factores fue consistente entre los países, lo que indica que el instrumento puede utilizarse con seguridad para comparar los niveles de depresión entre estudiantes brasileños, portugueses y españoles.

Sin embargo, no obtuvimos la respuesta esperada para el instrumento de ansiedad (BAI). Los datos que recopilamos no se ajustaron bien al modelo que organiza los síntomas en dos grupos: uno relacionado con el cuerpo, como palpitaciones o mareos, y otro con afectos subjetivos y pánico. Las preguntas relacionadas con el "miedo a morir” o la “incapacidad para relajarse” tuvieron niveles muy diferentes de asociación con el factor “ansiedad” en cada país. Esto indica que la ansiedad puede manifestarse (o percibirse) de formas diferentes en cada cultura.

Además, el llamado “ajuste del modelo”, que es la verificación estadística de que los datos encajan en la estructura esperada, tampoco fue satisfactorio. Cuando esto ocurre, es una señal de alerta. Significa que el instrumento puede no estar midiendo de manera similar el mismo fenómeno en todos los grupos, y que las comparaciones entre países deben hacerse con cautela.

Posibles caminos

Estos hallazgos tienen importantes implicaciones para la práctica clínica, la investigación y la formulación de políticas de salud mental.

Volviendo al ejemplo de la joven brasileña que viaja a España en busca de ayuda psicológica, garantizar que se tenga debidamente en cuenta el componente cultural es un factor esencial para un diagnóstico preciso. Ante el aumento global de las migraciones, señalado por el último Informe sobre las migraciones en el mundo de la ONU, y dada la mayor vulnerabilidad de este grupo a los trastornos de ansiedad y depresión, es fundamental que las herramientas de evaluación sean culturalmente adecuadas, para evitar negligencias o sobreestimaciones de los síntomas en las poblaciones migrantes.

En la investigación científica, la escasez de estudios de invarianza puede llevar a conclusiones sesgadas. Especialmente cuando se trata de trastornos mentales, que están influenciados por múltiples factores: genéticos, sociales, económicos, culturales, individuales y otros. Ampliar las investigaciones sobre la equivalencia de las medidas contribuye a comprender mejor cómo se manifiestan estos trastornos mentales en diferentes contextos y a identificar sus especificidades culturales en todo el mundo.

El impacto de esto en el ámbito de la salud pública es directo. Cuanto más precisas y rigurosas sean las herramientas de evaluación, más eficaces podrán ser las políticas de prevención y los sistemas de seguimiento de los índices de salud mental. De este modo, buscamos una mejor calidad de vida para todas las poblaciones, más allá de sus fronteras.The Conversation

Rodrigo Leão F. Nascimento, pós-doutorando em Psicologia, Pontifícia Universidade Católica do Rio de Janeiro (PUC-Rio) y J. Landeira Fernandez, Professor Titular do Departamento de Psicologia, Pontifícia Universidade Católica do Rio de Janeiro (PUC-Rio)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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